miércoles, 1 de julio de 2015

Final MasterChef, mi valoración



No soy asiduo a ningún concurso de TV ni suelo seguir concurso alguno que den por la caja tonta. Es más, mis horas de television diarias se han reducido a ninguna o una al día. ¿Porqué entonces he estado cada martes pegado a la pantalla para ver MasterChef?. Pues no acabo de tener claro, no acabo de llegar a ver qué es lo que me ha enganchado al concurso de las futuras estrellas de los fogones. No ha sido, está claro, los platos que preparaban, la cocina para mí es tan misteriosa como un expediente X y si acaso he de reseñar algún logro culinario mío, es el tomate con ajo, sal y perejil, vinagre y aceite, que suelo hacer con cierta asiduidad. Huevos fritos con patatas y torrijas, es lo máximo que puedo ofrecer en mi reducido menú. Entonces, si no voy a preparar ninguna de los platos que estas futuras promesas hacen, ni interés ninguno que tengo en la cocina, ¿será la puesta en escena o los concursantes los que me hayan enganchado al reality?. Creo que los tiros van por ahí. Desde el primer programa que ví, ya tenía un favorito y ver como semana tras semana iba superando eliminaciones, me hacía seguir viendo el concurso y aunque fuera solo internamente, animaba a mi elegido para que llegara a la final. También el hecho de que otra posible candidata al título se hubiera ganado la antipatía de la mayoría y el mío propio, hacian del concurso un enfrentamiento entre dos formas de ser diametralmente opuestas. Cada día tenía más claro que la final iba a estar entre Carlos y Sally, si bien es cierto que en algunos momentos dudé de que la Kuki (Andrea), pudiera estar en vez de alguno de los dos anteriores, pero por trayectoría en todos los programas anteriores y el mismo programa de la final, mis dudas se disiparon y tuve claro que mis dos finalistas eran los que eran y punto.
Creo recordar, ahora que lo pienso, que también tuvo mucho que ver con que me enganchara al programa, el gran plato de Alberto "León come gamba" que me pareció un sublime desacato al jurado y que los descolocó totalmente, dejándolos sin palabras y suponiéndole a Alberto una eliminación instantánea, sin deliberación ni nada, así directamente a la puta calle.

Un momento épico de la tele, uno de los días que más me he reído y una de las pocas, por no decir la única felicitación -sincera y sin ningún atisbo de maldad- que he hecho, vía Twitter a un concursante de cualquier programa de TV.


Pero volviendo a la final, Carlos hizo unos platos en los que arriesgó a tope y salvo en el postre, que no le salió como esperaba, pero que daba igual, porque ya tenía al jurado y a los super chefs presentes totalmente entregados y se alzó con el título de MasterChef para gran alegría suya, mía y de toda mi familia, que estábamos de acuerdo en que era nuestro favorito.


 También nos alegramos porque perdiera Sally, pero como ella misa dijo: "ya veremos en dos años donde está Carlos y dónde estoy yo", o algo parecido, con lo que acabó de un plumazo con las pocas simpatías que despertaba, si es que aún le quedaba alguna.


Y nada más, Carlos el flamante ganador del título, se lo ganó desde el primer día por simpatía, nobleza, sinceridad y sobre todo por su buena mano y cabeza para hacer platos ricos y bien presentados, lo que a la larga le ha ido acrecentando sus posiblidades de cara al jurado y a todos los que veíamos el concurso, que dicho sea de paso, podía haber sustituído algunos escenarios de algunas pruebas por otros más cercanos a la gente que lo ve, porque un restaurante como el Sublimotion que pasa por ser el más caro del mundo -1.500 o 1.700 el cubierto-, para los tiempos que corren y la que está cayendo en este país, no parece lo más adecuado. Pero, por lo demás, un concurso bien llevado, ágil y entretenido que a mí me ha ido enganchando cada martes y que lo he disfrutado en familia, estando todos de acuerdo en que era lo mejor que se podía ver esa noche en la caja tonta.


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